04-08-2014
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| Una de las técnicas que ha llevado a cabo la restauración pictórica de la cúpula. |
Zaragoza.- La restauración pictórica de la cúpula de la ermita de Santa Lucía, en Molinos, ha finalizado. Los trabajos los ha promovido su cofradía y los ha realizado el Centro de Restauración de la Fundación de Albarracín.
Durante dos meses, dos técnicas en restauración del Centro de Albarracín han estado trabajando en estas deterioradas pinturas murales del interior de la ermita, concretamente en la cúpula central y sus pechinas sustentantes, así como uno de los arcos fajones que la delimitan de los espacios colindantes. Quedaría para una segunda intervención las capillas laterales y el presbiterio de la ermita, así como las decoraciones de las pilastras que sustentan la cúpula, dividiendo el espacio.
Durante este tiempo las restauradoras han estado viviendo en la localidad, y desplazándose diariamente a la ermita para continuar con los trabajos de restauración. Este monumento se sitúa a cuatro kilómetros de la localidad, en un paisaje excepcional, que se ocupa sobre todo, en la romería a la ermita que tiene lugar en el mes de mayo.
Sin embargo, el problema más importante al que se han enfrentado ha sido el alto grado de deterioro en el que se encontraban estas decoraciones, tanto por las humedades, con cristalizaciones de sales y desprendimientos pictóricos, como por los repintes de esmalte sintético a los que fueron sometidas en determinado momento, con lagunas difícilmente recuperables, por el tipo de material de recubrimiento utilizado, y a veces de gran extensión.
Los minuciosos trabajos de restauración han dado unos muy buenos resultados, aunque muy costosos por el proceso exigido. Además de la fijación de la policromía original, hubo que limpiar y eliminar manualmente amplios recubrimientos acrílicos, para continuar en general, con el estucado y la reintegración de lagunas en formas y colores, y su acabado final.
De esta manera, el cuerpo central vuelve a lucir esplendorosamente, como debió configurarse en el siglo XVIII, presentando una abigarrada decoración vegetal, con policromías exageradamente coloristas, y de trazos bastante toscos, de matiz popular. En las pechinas parecen las únicas figuras humanas, correspondientes a los evangelistas, con similares acabados y lagunas irrecuperables, quizás producidas por la humedad y los repintes mencionados.